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El siglo de Oro.

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El siglo de Oro.

Mensaje por Kokoro Tokunaga el Lun Feb 14, 2011 9:01 pm

~El Siglo de Oro~

El despertar
-Despierte, Miss Catherine. Hoy es un largo y emocionante día, para usted. –musitó la joven alta, esbelta y de cabello recogido color carbón, mientras intentaba despertar a la joven que dormía en una gran cama. Los largos cabellos de la chiquilla que dormía tan plácidamente, de un color tan inimaginable, una mezcla del anaranjado y de rubio, una combinación perfecta, comenzaban a tapar el rostro de su dueña. Poco a poco, sus ojos azules se fueron abriendo, dejando ver su brillo, al recordar que día era hoy. Hoy, cumpliría ya 13 años. Era una joven ya casi adulta, para la época y el lugar donde vivía. Suspiró y de un salto, se incorporó, para corretear hasta el baño, lugar donde se lavó su rostro tan pálido e infantil y se miró en un espejo que había enfrente suyo, no había cambiado nada desde ayer y ya no era la misma para nadie. Sonrío y se acercó a la institutriz, la cual la refunfuñando llamó a la criada más cercana para que ayudaran a vestir a la niña con la ropa que se le había decidido poner. Al poco tiempo, una blanca tela suave de invierno cubría el cuerpo de la chiquilla, que le tapaba desde la mitad del cuello hasta debajo de las rodillas, mientras unas medias de seda, tapaban sus pálidas piernas. Los únicos toques de color que ella poseía eran un lazo azulado que le rodeaba la cintura, terminando en su espalda, con un moño de un buen tamaño y sus zapatos negros como el carbón y brillantes como el agua cristalina. Su cabello, tan lacio hasta la altura de sus hombros y enrulado en las puntas, tomando la forma más bella de cabello, la hacían ver como una pequeña querubín, mientras su mirada, un ángel pícaro. Poco a poco, fue reaccionando de su destino, estaba a horas de conocer a la gente de su edad, y peor aún, al que podría llegar a ser su marido, si el destino y el flujo monetario lo permitía.
¿Quién sabe cuánto estuvo la pequeña, esperando a que su padre apareciera? Al aparecer, de manera tan majestuosa y rodeada de lujos, su padre, le besó la cabeza y ella sólo hizo una reverencia, mientras al extender las manos, recibía una bella caja de un estilo japonés, con unas ramas de cerezo dibujadas sobre un fondo color negro. Sus ojos centellaron y sintió que lo que estuviera allí adentro, era su nuevo tesoro, su nuevo pedazo de oro. Tomó la caja y corrió, para luego abrirla, apartada de todos, en su mundo. Quitó muchos pedazos de papel de seda y notó una hermosa tela rosada, de un tono pastel y otro color durazno. Se sintió la joven más dichosa y puso aquel vestido sobre su delgado cuerpo, probándolo, mientras giraba, mostrándoselo a todos los presentes. Algunos aplaudían, no les importaba lo que veían sino el hecho de agradarle a la caprichosa mente de la niña. El tiempo pasó volando mientras ella abría sus regalos y la obligaron a subir a su dormitorio y ponerse el vestido que el Rey le había dado para aquel acontecimiento. Al rato, bajó, luciendo un vestido con la falda en corte V, con dos largas puntas que caían al suelo, de un color rosado pastel y un corset rosado con apliques color durazno. Unos pequeños zapatitos color duraznos adornaban sus piecitos y en sus cabellos sueltos se podían admirar algunas perlas color rosado, mientras que se notaban sólo dos grandes perlas, que estaban a los costados de su risueño rostro, dos prendedores en sus orejas.
Antes, siempre había esperándola sólo gente que era el doble y triple de su edad, por lo que se alarmó y sorprendió al ver gente de su edad, era extraño para ella. Su pequeña y frágil mano blanca fue tomada suavemente por la áspera y vieja mano de su padre, mientras la iba presentando el primer ministro del reino.
-He aquí a nuestra excelentísima Princesa Catherine Marie Navarra di Corona, hija del Rey y nieta de su majestad, Enrique III. Festejamos, hoy, que la joven esté entre nosotros, para honrar con su belleza este Reino hacia exactamente 13 años. Para comenzar la celebración, se hará la apertura del baile de mano la Princesa a su primo, el Archiduque de Gante, el Joven Daniel Hearfield. –un joven rubio, de aproximadamente 16 años se acercó a la joven, de manera algo despreocupada y con una sonrisa que a más de una de las presentes hacía que sus sentimientos estallaran, aunque era imposible que algo ocurriera, él estaba ciego para cualquier joven, excepto para una, cosa extremadamente fácil de adivinar, cuando se notaba el brillo peculiar del joven al notar que la pequeña chiquilla, llena de gracia y de un encanto pícaro pero fuerte, se presentaba en cualquier lugar, él estaba enamorado de su hermana, Elizabeth. Extendió su mano, mientras adornaba su rostro, con una suave y cariñosa sonrisa, para luego acercarse más y apoyar su mano en la cintura de la pequeña Catherine y ella, a grandes esfuerzos, a su hombro. Comenzó a sonar una música tenue y muy romántica, un vals. Ambos se movieron, llenos de gracia y mientras bailaban, reían y charlaban.
-Oh, Daniel, hace cuanto que no te veo por aquí, si supieras cuanto te he echado de menos. Primo querido, no te imaginas la vida más horrorífica que llevo, es tan monótona… No tiene sentido aprender hablar todos los idiomas, saber bailar y de finanzas… Si mi supuesto marido hará todo por mí y ni me tomará en cuenta –se separaron por un minuto, para ir a puntas opuestas y luego se acercaron, para seguir bailando, como se suponía que se hacía en la época. Al tiempo, se terminó la música y ambos jóvenes tuvieron que separarse momentáneamente, ya que el protocolo no dejaba que estuvieran tanto juntos charlando. Un suspiro se escuchó de los labios de la joven Catherine, al ver lo aburrido y largo del día, si seguiría pasando de baile en baile con desconocidos. Dos manos cubrieron los ojos de la joven, aunque por la frialdad del metal de anillos, eran de una mujer. Dos voces, a capela, susurraron.
-Feliz cumpleaños, Catherine. –la chica, ahora pudiendo ver, notó que eran dos de sus amigas más cercanas, Helena y Kristina. Las tres se abrazaron fuertes, mientras le entregaban a la cumpleañera una bolsa de tela de raso, que seguramente tendrían algunos dulces, ya que no le permitían comer tantos dulces como ella deseaba.
Estuvieron hablando un largo rato, sobre moda y música. Al poco rato, cada joven tuvo una pareja de baile. Kristina Omi, era una joven de dieciséis años, pelirroja y de ojos verdes. Su tez era blanca, y muy joven. Lo curioso y hermoso de ella era su sonrisa extensa y real, nunca era falsa. Helena, su prima, era de cabello casi tan claro que parecía blanco, pero era color oro, bastante largo y enrulado, de ojos rojizos y de piel pálida, como su prima. Ambas tenían sus parejas, respectivamente. Catherine, conocía a ambos, el de la joven mayor, era un muchacho más alto que ella de cabello caoba y la Princesa, lo conocía bastante bien, ya que cazaba a menudo con su primo. Kristian, era un joven bastante reservado pero muy bueno con la joven Kristina. Siempre reían juntos, bailaban juntos y estaban bastante unidos por su relación sanguínea, ya que eran primos segundos y cualquiera podría ser heredero del tan ansiado ducado. Helena, estaba en ese momento bailando con el amigo de su prima y a su vez suyo, Kristopher. Catherine no sabía mucho de él, ya que era demasiado ortivo con ella, o simplemente sarcástico, pero cuando estaba mal, siempre la hacía reír.
¿Catherine debía decir que ya estaba agotada o simplemente seguir bailando? Lo importante es que su padre le había dado de regalo el hecho que tuviera a los 15 amigos más allegados suyos en su castillo por 1 ó 2 semanas. Pero, poco a poco, la jovencita, fue quedándose sin fuerzas, hasta que se le otorgó poder ir a dormir. En cuanto su mejilla rozó la almohada se quedó profundamente dormida, soñando en un mundo de fantasías que sólo ella tenía la llave para entrar.
A la mañana siguiente, sin siquiera notarlo, estaba vistiéndose, mientras se acomodaba el cabello. Tenía una hermosa sonrisa que demostraba su alegría. Antes de dejar su dormitorio, tomó un dulce y huyó hacia el comedor. Allí, sólo había cuatro personas, Helena, Kristina, Daniel y Elizabeth. Elizabeth, corrió hasta la pequeña rubia y la abrazó fuerte. Su voz estaba quebradiza y sólo pudo susurrar.
-Oh, sobrinita, lamento tanto la tardanza… Me había peleado con mi hermano, pero creí que Daniel sabría todo… -Catherine observó el cabello amarronado de la joven que la abrazaba. Elizabeth Hearfield era la hermana del medio de la familia más cercana a ella. Sus dos hermanos, Daniel y Frederick, junto con ella, eran los únicos que venían muchas veces. Sus ojos verdes, brillaron al ver a Daniel acercarse a ellas.
Ambos se fueron, charlando al jardín y las primas habían desaparecido del lugar. Catherine soltó un suspiro y bajó la mirada, viendo por la ventana el cerezo de su jardín. Pero algo la hizo volver, una voz masculina, que le hablaba en un susurro.
-Catherine…. –ella supo inmediatamente quien era por como arrastraba la r, por lo que giró y observó con ojos emocionados a esa silueta tan conocida y sonrío al contemplar su rostro… Era él. Sus ojos se nublaron por un recuerdo del pasado, pero luego sus brazos blancos, lo abrazaron de manera fuerte y tranquilizadora. Su amado, Mathew, la estaba abrazando. Ella no sabía que era en realidad lo que sentía, pero su puro y tierno corazón latía tan velozmente cuando él estaba cerca. Aquellos ojos color casi anaranjados, atraían la mirada de cualquiera, al igual que su físico y sus pensamientos. Mathew, tenía ya veinte primaveras festejadas, pero su cabello largo y negro, con ciertas chispas de color azul, llamaban la mirada de cualquiera, sobre todo por su costumbre de llevarlo atado en una trenza. Su piel, blanca como la nieve, no tenía ninguna lastimadura, cosa tan anormal para la época.
La joven niña, volteó su cuerpo, para verlo completamente, notándose la diferencia de estatura entre ellos. Él, sólo se limitó a agacharse y susurrarle.
-Hoy es el día. Te busca tu padre… -Ella abrió desmesuradamente los ojos, para luego sonreír y correr hacia los aposentos de su padre. Tocó la puerta, notablemente, antes de que se escuchara la voz de su padre, tan seria y seca como siempre. Catherine, sólo abrió la puerta y entró, para luego hacerle una reverencia, con mucha dulzura y ternura. Luego, se acercó al escritorio, donde su padre estaba terminando algunos trabajos, para luego, sólo levantar la mirada de eso y comentar, de manera cortante.
-Hoy, he tenido una propuesta de alguien cercano a mí, que yo acepté gustoso, por lo cual, tú harás lo mismo –suspiró y se levantó de su asiento, para comenzar a caminar, mientras la joven Catherine, seguía parada, observando el suelo, con las manos sujetadas y un leve sonrojo en sus mejillas. Acaso… ¿Ya era aquél momento tan anhelado? ¿Ya sería éste su día?
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Kokoro Tokunaga

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